Serie "¿QUE SABE USTED DE BOGOTA?"


¿Sabe Usted dónde están las guacas de La Candelaria?


Por Libardo Asprilla Lara

Desde tiempos prehispánicos, los muiscas enterraban a sus congéneres acompañados de todas sus pertenencias acumuladas en la vida terrenal, pues se creía que ellos continuarían el disfrute de estas en el más allá. El entierro de un Zipa, incluía todas las riquezas de reino y sus sirvientes que orgullosamente le acompañaban a la tumba; a partir de ese momento, el lugar era convertido en centro de adoración donde además instalaban figuras en oro representativas de dioses.
 
Muestra de una guaca encontrada en la sede de la Alcaldía de La Candelaria

Más tarde, las políticas de evangelización adoptadas por el colonizador español, consideraron estas prácticas religiosas como inspiradas por el demonio lo que justificaba su extinción total; de allí que, “se llevaron a cabo extirpaciones de idolatrías dentro de los muiscas. El procedimiento con los santuarios era el mismo: Sacar los objetos y quemarlos públicamente guardando muy celosamente las estatuillas de ídolos de oro para fundirlas. La mayoría de las veces, las visitas a los santuarios se hacían más por un afán velado de encontrar tesoros que por una empresa evangelizadora”….. “Una de las políticas de la evangelización fue precisamente borrar de la memoria de los indígenas con mucho vigor sus cultos religiosos, para ello las comunidades religiosas comenzaron por construir templos en los lugares donde antes se adoraban otros dioses.”(1) De allí que la ubicación de nuestras iglesias patrimoniales no fue caso fortuito.

Según Alfredo Iriarte, desde la parroquial y aldeana Bogotá del siglo XVI, hasta finales del siglo XIX, buena parte de los precavidos santafereños y santafereñas abrían las gruesas paredes de sus casonas y el subsuelo de patios y jardines para resguardar los cofres donde almacenaban morrocotas de oro y demás elementos de valor provenientes de la producción esclavista de la época. Este extravagante sistema de ahorro era frecuente al interior de casonas coloniales y republicanas que aún se resisten a desaparecer en el Centro Histórico de La Candelaria.

 
Es por ello que años más tarde, repentinas fortunas y golpes de suerte han cambiado la vida de muchas personas ante el encuentro inesperado de Guacas en La Candelaria.

De acuerdo a relatos de Iriarte, uno de ellos fue el aventurero francés de 1830, quien luego de haberse arruinado ante la quiebra de su negocio de botica ubicada en la actual calle 11 entre carreras 8ª y 9ª, la tierra se estremeció a su favor debido a un terremoto que sacudió a la ciudad y destruyó la vivienda por completo. El afortunado hombre, veía cómo caían morrocotas de oro sobre su cabeza mientras se movía el cielo raso de la casona, y una vez dejó de temblar salió entre presuroso y asombrado a recoger el tesoro e identificar la fuente de tanta dicha: Se trataba de “un cofre abarrotado de monedas que con la fuerza del temblor se abrió para arrojar por la grieta su maravilloso contenido”. Según el relato de quienes vieron al francés por última vez, éste “salió por la vía obligada de San Victorino a tomar el camino de occidente hacia el rio Magdalena y por allí hacia Cartagena de Indias para esperar el primer navío que lo llevara de regreso a su patria….el tesoro viajaba guardado con la debida cautela en una maleta que más parecía la de un viajero errante y menesteroso que la de un ganador de la más original lotería que pudiera imaginarse”(2).

Diez años más tarde, la labia cautivadora de Judas Tadeo Landínez, aceptable comerciante de la ciudad que pareciera haber reencarnado en el David Murcia Guzmán (DMG) de estos tiempos, creó la compañía Giros y Descuentos, nombre pomposo con el que logró convencer a los parroquianos santafereños para que extrajeran de patios, jardines y paredes, las morrocotas de oro y plata que yacían improductivas en guacas, para invertirlas en las arcas de esta empresa a la tasa del 6%, rendimiento descomunal para la época.
 

Con el paso del tiempo aumentaron los desentierros y excavaciones, la ola rentista y el afán por el dinero fácil, penetró las entrañas de toda una sociedad, al punto que “dominicos, franciscanos, agustinos, jesuitas, al igual que clarisas, ursulinas, y otras comunidades féminas, entregaron en efectivo porciones apreciables de sus cuantiosos bienes a cambio de pagarés que emitía la Compañía de Giro y Descuento”(3) .

La puntualidad de Landínez en la entrega de los réditos hacía crecer el número de clientes y la danza de los millones. Ya no eran solo guacas que se extraían sino también, la venta de todo tipo de bienes que finalmente iban a parar a manos de Landínez, sus tentáculos se extendieron por toda la región, las letras y pagarés emitidos por Landínez, se convirtieron en “auténtico papel moneda como si se tratara de billetes de banco”. Pero la desconfianza del público empezó a suscitarse cuando los títulos de la empresa iniciaron a venderse a menor precio por cuenta de la iliquidez del mercado y la quiebra del gobierno, que, arruinado por la guerra, convirtió al audaz empresario en su principal acreedor mediante depreciados bonos de deuda externa al 20% de su valor. Poco a poco, vendía los activos más líquidos hasta que finalmente cundió la noticia de su iliquidez, hecho que convocó a sus acreedores, como relata José Manuel Restrepo: “Más de doscientas familias quedan reducidas a la mieseria por las maniobras atrevidas y mal avisadas de Landínez, cuya memoria será en Bogotá de funesta recordación. Sus deudas alcalzan a $ 2’000.000 y sus propiedades apenas valen $ 500.000. Ha comenzado el pleito de concursos que durará muchos años(4) .

A pesar de tantos desentierros realizados para invertir en la compañía Giros y Descuentos, no podemos descartar la existencia de unas cuantas guacas celosamente guardadas por conservadoras santafereñas y santafereños en paredes y jardines de las casonas antiguas de la Candelaria. Señal de ello, es la guaca encontrada por Fabio Otálora en una de las paredes de la Alcaldía Local de La Candelaria, en el año de 1996, cuando éste trabajaba en la ejecución del contrato de obra que suscribió el entonces alcalde Jaime Umaña Díaz, para adecuar la casona donde actualmente funciona dicha entidad. Según lo relatado sucintamente por el señor Otálora, la guaca contenía varias morrocotas de oro y un librito que reposa en las manos del ex mandatario local.


(1) María Eugenia Carvajal. “Maleficios, Contras y Castigos”. Prácticas mágicas de los indígenas y los negros en el nuevo reino de granada (1550-1610). Universidad Nacional de Colombia.
(2) Alfredo Iriarte. El Camino hacia el Futuro. 125 años de Historia de Colombia
(3) Ibidem
(4) Ibidem


 
 
 
 
     
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